jueves, 14 de enero de 2010

PLÁSTICOFAGIA

Acerca de ¨Plásticofagia, Arte Desechable¨

Gamboa presenta una muestra trabajada a través de precisas acumulaciones de diversas formas de basura plástica y partes de objetos desechados, de distintos tamaños y colores, ensamblados prolíficamente. Plástico consumido, material seleccionado, separado, vuelto a seleccionar, recortado y ensamblado para resignificar. No es una operación de reciclado, porque no habría ciclo para que un gesto o una discursividad así se regenerasen automáticamente. Se trata más bien de superficies. En ellas, aparece una cierta forma del mundo.

Se trata para el artista de poner en juego una simplicidad que permita ver de modo fuerte un cierto estado de las cosas, de hacer como un muestrario personal -una colección construida a partir de lo ya coleccionado- que dé cuenta, desde la ironía, de una lógica maquinal en la que se inscriben el consumo, el mercado, sus actores y sus escenarios. La particularidad del gesto reside en su tono irónico, que se hace visible en la distancia entre los objetos y el modo de designarlos con el título. Se construye amargamente en la sonrisa surgida del desfase entre la precariedad del material –plástico- que de algún modo lo es todo, absorbiendo a su paso lo que alimenta su artificialidad totalizante, y el esmero con el que estos juguetes, algunos monstruosos, están trabajados. Estos objetos son capaces de sugerir un discurso crítico en la apuesta política de la ironía, que es la máxima síntesis de seriedad e hilaridad. Juguetes bellos y a la vez abyectos, preciosamente cuidados, como joyas malditas que al aproximarnos para mirar su belleza y su factura nos muestran su calidad de mercancía, y cuya inocencia –su inoperabilidad/disfuncionalidad como desechos del mercado reside en la imposibilidad de consumar esta invitación que el consumismo desenfrenado nos hace y que la propuesta de Pablo parece cortar en su ritmo alucinado.

Cada objeto plástico dice de su propio trayecto, tiene huellas particulares, pero estas desaparecen frente a la fuerza de la forma común del producto industrial. El termoformado (el procedimiento industrial) es visible siempre, más que la procedencia y la función específica que cumplía el objeto. Como si ningún objeto de plástico de consumo masivo tuviese la posibilidad de ser virtuoso, de tener sentido más allá de la variabilidad de su forma, de su artificialidad plena, de su utilitarismo. Y de pronto Gamboa como un bricoleur nos dice: no es botella de cola, no es mango de tijera, no es tupperware, no es botella de fantastik, no es tapa rosca. Es todo aquello pero en la medida en que es algo más, en que se amplía su significación. Se trata de una invitación al sentido. Lo desechable deja de serlo, sale del ciclo del consumo masivo de plásticos para entrar en un mercado distinto: el del consumo de sentidos, en el que se disputa las condiciones para proponerse como arte desechable, a un precio de economía de enclave en la que ni la industria ni el arte tienen un lugar avaluado.

Ana Rodríguez

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